El debate por la agro-inflación

Escrito por Administrator Martes, 25 de Septiembre de 2012 21:49

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El debate por la agro-inflación

POR JORGE RIABOI DIPLOMATICO Y PERIODISTA

El autor advierte que en el marco del G20 ya se habla de un brote agro-inflacionario causado por la sequía del hemisferio norte y la consiguiente caída en la oferta de alimentos. “Si bien tratar de bajar la demanda de materias primas no es una mala idea, hacerlo con ideas experimentales, sin atender a los especialistas, puede ser muy riesgoso”, afirma.

22/09/12

Si no hay cambio de planes, funcionarios del G20 discutirán en las próximas horas un escenario que, a juicio de algunos especialistas, sería el tercer brote agro-inflacionario del último quinquenio. Al mismo tiempo, y aunque al escribirse esta nota no existía una evaluación actualizada del nivel de abastecimiento real como para equipararlo al que prevalecía en 2007/2008, el presidente de Francia, Francois Hollande, anunciaba su decisión de promover, con el apoyo de Italia, un par de iniciativas que en apariencia están destinadas a calmar y estabilizar el mercado.

Todo esto sucedía en el marco de una notable confusión y suspicacia acerca de la última estimación de cosecha de los Estados Unidos y la valoración positiva del Secretario General de la FAO, quién alegó que la convocatoria del G20 era innecesaria. Operadores privados parecían dudar del realismo de las cifras oficiales, en la creencia de que podrían subestimar el faltante de maíz.

Una de las iniciativas de Hollande ya estuvo sobre la mesa del G20 el año anterior y se orienta a constituir una Reserva Estratégica de productos alimentarios. La otra, relativamente inédita, radicaría en acordar “una pausa” en los programas de biocombustibles que compiten seriamente en la demanda de materias primas que también se emplean en la producción de alimentos, como sucede con el maíz.

Informes directos evidencian que la idea de la pausa circuló en julio pasado como reclamo de grupos de productores de carnes de los Estados Unidos, aunque sus impulsores sabían claramente que hasta ahora Washington nunca mostró entusiasmo por asociarse a esta clase de enfoques. En la misma línea, Brasil y la Argentina aún no indicaron un cambio de posición o interés por plegarse a esas ideas, ante el peligro de que un programa masivo de compras gubernamentales para montar una Reserva Estratégica en un período de escasez termine por aumentar, en lugar de reducir, la presión sobre los precios, algo que podría generar un efecto equivalente al de una restricción de exportaciones.

Según los analistas, si bien la nueva oleada de agro-inflación podría reeditar, por contagio indirecto, la crisis alimentaria de 2007/2008, hasta fines de agosto era indudable que ambos procesos reconocen un origen distinto.

La actual discusión no surge, al menos por el momento, de una hambruna popular creada por escasez de trigo y arroz, sino del salto en los costos que deberán absorber los granjeros e industriales que pugnan por conseguir el maíz y otras forrajeras que se emplean en la producción de las carnes de cerdo, vaca y ave.

Es sabido que los nuevos precios derivan, fundamentalmente, de una de las mayores sequías registradas por los Estados Unidos y otras naciones del hemisferio norte, cuya virulencia ocasionaría una merma estimada en unos 40 millones de toneladas sobre el nivel alcanzado en la cosecha anterior de granos forrajeros. Con el agregado de que la disponibilidad podría caer un poco más, llegando a los 41/42 millones de toneladas.

Esa menor oferta de maíz también podría afectar a otros usuarios. Entre ellos, a los que elaboran subproductos alimentarios, los compradores de semillas y, en primer lugar, a quienes son parte de la ambiciosa política oficial de implantación obligatoria de biocombustibles (etanol), hacia dónde la FAO dice que va el 40 por ciento del maíz estadounidense.

Toda esta situación se agudizó cuando las mayores organizaciones privadas de Estados Unidos que nuclean a todas las variantes de productores de carnes, iniciaron una fulminante campaña de presión con el objetivo de lograr que la Oficina de Protección Ambiental de los Estados Unidos (EPA en inglés) deje de lado, temporalmente, sus reglas sobre mezcla obligatoria de etanol con combustibles derivados del petróleo, para descomprimir la demanda que se concentra sobre el maíz empleado en el etanol.

Algo similar pedía a su gobierno, en paralelo, la Unión Brasileña para la Avicultura. En su reclamo sostenía que las empresas necesitan acción oficial para aguantar la caída de precios que registra la carne de pollo y el simultáneo aumento del costo del maíz, una combinación que, según los signatarios, haría retroceder 10 por ciento el nivel de actividad de la industria procesadora.

Por el momento, la meta oficial de la EPA para 2012 obliga a mezclar 13.200 millones de galones de etanol con gasolinas convencionales. Algunos estudios indican que las “soluciones drásticas y obvias” reclamadas por los granjeros e industriales de la carne son un mero espejismo. Por ejemplo, se afirma que saltear por un año el plan de etanol de Estados Unidos produciría una caída de precios no mayor al 5 por ciento, ahorro que no guardaría relación alguna con los saltos de garrocha que registró el precio del maíz en el mercado internacional.

En semejante torbellino, una parte del mundo agrícola pasó por alto un episodio singular. Las existencias oficiales de trigo de la India alcanzaban, hasta mediados de agosto, a unas 82 millones de toneladas, nivel que excede en 20 millones su reducida capacidad de almacenaje. Ante la posibilidad de que ese país se desprenda de los saldos acumulados en condiciones de inminente deterioro, Estados Unidos advirtió a Nueva Delhi que no debería recurrir al subsidio de exportaciones, una medida abiertamente ilegal en el marco de la OMC.

De todos modos, es claro que hay razones para encender luces de alerta. Si bien tratar de bajar la presión de demanda de materias primas no es una mala idea, hacerlo con ideas experimentales, y sin atender a los especialistas, puede ser muy riesgoso. El Financial Times recordaba, hace poco, que la mezcla de malas cosechas, políticas comerciales mal orientadas (como restringir exportaciones o improvisar macro-planes de agro-energía lanzados con buenas intenciones), todo adosado a una pobre gobernabilidad internacional, hicieron nacer una crisis alimentaria que puso en peligro muchas vidas y sirvió para arrasar los medios de subsistencia de millones de personas.